sábado 21 de febrero de 2009

BENJAMÍN BUTTON: UN VIAJE A LA SEMILLA

No me referiré al filme de David Fincher, pues a la fecha no lo he visto y por tanto no haré un paralelo entre ambas obras. Con un afán oportuno antes que oportunista me referiré con respecto al relato breve “El curioso caso de Benjamín Button” de Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), en el cual se basa la película.
Publicado en 1922 en la revista Collier, “El curioso caso de Benjamín Button” es una obra atípica de Fitzgerald, al menos en apariencia. Un cuento de aprendizaje si consideramos que fue uno de sus primeros relatos, mucho antes de sus obras más reconocidas “El Gran Gatsby” o “Tierna es la noche”. No es su mejor cuento, de hecho es bastante irregular. Ya muchos sabrán cuál es el argumento. Un argumento que por momentos es lo único que sostiene el relato, y es más propio de un autor como H.G Wells antes que el gran cronista de la era del jazz.
Primero que todo, el relato comienza en el año 1860, un año antes de que estalle la guerra de secesión y cinco antes de la abolición de la esclavitud. El cuento comienza con el señor Button en el hospital a la espera de que su mujer dé a luz. Lleno de ansiedad, el señor Button, se acerca primero al médico y luego a la enfermera. Ambos perplejos y ofendidos, le presentan a su vástago: un anciano que aparentaba unos setenta años de cabellos casi blancos, el mentón le caía una larga barba gris. El señor Button, hombre de alta sociedad, no lo puede creer y cree que le gastan una broma. Pero no, aquel es su hijo.
A partir de entonces Benjamín Button, un niño con apariencia de un anciano, deberá enfrentar el rechazo social y de su familia, narrada a partir de situaciones absurdas y tragicómicas. Sin embargo, a medida que pasa el tiempo, Benjamín se percata que cada año su cuerpo va cobrando una insospechada vitalidad. Su encanecido cabello oscurece, su piel es más tersa y tanto su cuerpo como su mente han ganado renovados bríos. El relato transcurre rápidamente, está escrito de manera ágil y precisa. Entonces el narrador nos cuenta que Button con dieciocho años, pero con la apariencia de un hombre de cincuenta, se enamora de una bella joven mujer, de quien luego se divorciará ya que mientras ella envejece él cada día más se acerca a su adolescencia. Button peleará en la guerra civil, asistirá a la universidad, tendrá un hijo.
La historia se cierra rápidamente en el último capítulo. Benjamín es ya un pequeño niño hasta llegar a su apariencia de bebé, y comienza a olvidar cada recuerdo de su vida, solo reconociendo algunas presencias y objetos desde su cuna. Los dos párrafos finales tienen un efecto conmovedor. Si lo imaginanara de manera cinematográfica , el narrador va cerrando lentamente el plano, un “dolly in” cuya extrema cercanía hacia el rostro del bebé Button desenfoque sus rasgos, concluyendo en un repentino “fade out” hacia esa unánime blancura de la nada.
Años más tarde, poco antes de morir, el escritor confesaría que la principal inspiración para la creación del cuento fue un comentario de Mark Twain, quien se lamentaba que el mejor tramo de nuestra vida estuviera al principio y el peor al final. Fitzgerald entonces intentó demostrar su tesis, haciendo un experimento con un personaje inserto en un ambiente absolutamente normal, cuya única rareza es que su crecimiento biológico fuera a la inversa de lo natural. Y claro es esa rareza, la que no exime, si no más bien acentúa un tono sarcástico a lo largo de todo el relato, pues Fitzgerald pareciera decirnos que la vida y muerte de Button no nos absolvería de la soledad y avatares de la existencia.

Andrés Otero Rojas

Lée "El curioso caso de Benjamín Button" desde aquí:
http://axxon.com.ar/rev/193/c-193cuento11.htm

domingo 15 de febrero de 2009

ONCE TIPOS DE SOLEDAD

Debo decir que hace mucho tiempo no leía un volumen de cuentos que me deleitara (pues sí, deleite es la palabra) como esta colección de relatos de Richard Yates (1926-1992). Yates es autor de esa estremecedora novela tan generacional como actual llamada “Vía Revolucionaria” (1961), y que por estos días su versión cinematográfica ronda por las salas de cine. Para algunos su obra cumbre, de cuyo éxito el autor no pudo disfrutar en vida, conminado más bien a los marginales recodos del canon literario norteamericano. Pero lo cierto es que “Vía Revolucionaria”, es ese tipo de novela que ha fundado o propiciado el eterno tema del lado oscuro de la fuerza del “american dream”: sus pesadillas y sus monstruos. Y de cierta manera, no extraña para nada que sea el mismísimo director de “American Beauty”, Sam Mendes, quien de vida a esta distópica novela fundamental (esperemos que esta vez sin la cursi metáfora de la bolsita voladora, pero con Di Caprio y Winslet como protagónicos. A cruzar los dedos).

Si “Vía revolucionaria” es su obra cumbre, este volumen de cuentos “Once tipos de soledad” es la prueba contundente que Yates era sobre todo un maestro del relato. Once narraciones sobre vidas mínimas, solitarias y marginales, sobre personajes insignificantes, de esos que ni mirarías al pasar junto a ellos. Personas que bien pueden ser un borracho que sale de un bar, niños que salen del colegio, una mujer que cruza la calle principal en hora peak. Vidas mínimas sobre ilusiones rotas o a punto de serlo, en la gran encrucijada de sus existencias.

Si hay algo que nos sorprende de Yates, y que me resulta conmovedor, es su vastísimo conocimiento del alma humana. En “El doctor Jack-ò-lantern”, relato que abre el libro, un inadaptado niño enfrentará la dura peripecia de integrarse a su nuevo colegio. “Luchar con tiburones”, uno de los mejores, cuenta la historia de un grupo de periodistas perdidos en un pasquín sindical que no leerá nadie y cuya existencia no importa, excepto al alucinado Leonel Sobel. “Él se lo buscó” es la historia de Walter Henderson, quien sentado en su escritorio esperando que lo echen del trabajo, rompe una cajita de fósforos y medita sobre su vida.

Historias que funcionan como iluminaciones minimalistas, en pequeños y preciosos detalles, diálogos bien elaborados, la sobria tonalidad de su narrativa (como el mejor discípulo de Chejov), para recrear dilemas maximales de la existencia. Como un ilusionista que hace dos trucos en uno Yates nos convence de a poco a lo largo de todo un relato del vestigio querible que guarda un personaje profundamente ridículo, antipático y “looser” pero en el momento en que el lector está dispuesto a tender el puente nos muestra el foso negro y abismal de la verdadera soledad humana. Más allá de esta exploración minuciosa de lo que significa la palabra “compasión”, las once piezas tienen la belleza extraña y melancólica de los cuadros de Edward Hopper.

En uno de sus cuentos, uno de los personajes dice al paso que “hay un placer automático en observar algo bien hecho”. Nada más certero. Es así como se leen cada uno de estos cuentos: con ese tipo de absoluto placer y también de incómoda perplejidad de estar mirando nuestros propios rostros.


Andrés Otero Rojas


FICHA TÉCNICA

Título: “Once tipos de soledad”
Autor: Richard Yates (1926 – 1992)
Editorial: Emecé Lingua Franca
Nº paginas: 253Año: 2002, 1ª edición.

miércoles 11 de febrero de 2009

ESTUPOR Y TEMBLORES

“El carácter belga no está muy definido. Varía entre el molusco y el mono”. Epíteto extraído de una interesante obra de Charles Baudelaire, llamada “Pobre Bélgica”, en cuyo texto, el poeta describe con humor (si es que puede denominarse así a la montaña de desprecios que enumera el poeta maldito), las más ignominiosas conductas belgas. Sin embargo, no me quiero referir al autor de las Flores del Mal, sino justamente a una escritora nacida en esa pobre Bélgica. Amèlie Nothomb.

Nothomb cuenta la historia de Amèlie, una belga de 22 que ingresa a trabajar a una empresa en Tokio…pero no cualquiera, sino Yamamoto, una de las más importantes del mundo. En esta empresa, Amelie (joven, con estudios y deseosa de revelar inteligencia) se enfrentará con una pirámide de superiores eterna y en la que cada eslabón le descubrirá su vergüenza con estupor y con temblores.

Así, esta heroína desciende en la escala interna de la organización, como quien deja caer una pelota de plástico por una escalera.: de contabilidad se hunde sirviendo cafés y de ahí la fotocopiadora, para luego dedicarse exclusivamente a la limpieza de los baños.

En “estupor y temblores”, Nothomb hace gala de un exquisito humor negro. Se ríe y emociona, se resiste y al mismo tiempo demuestra un lazo conmovedor con la cultura japonesa, esa de la nieve de Kawabata, las máscaras de Mishima y del Rashomon de Akugatawa (y de Kurosawa por supuesto)

Este relato es una hermosa agonía. Despierta el sentido de lo bello y de lo oscuro en ese ambiente tan universal como lo puede ser cualquier empresa. Un lugar para el desprecio, las jaurías y los amigos ficticios. Un espacio donde las sombras entierran puñales y disputan migajas con la lengua sobre pisos sucios. Sin embargo Nothomb propone mucho más que eso o al menos lo va reconstruyendo desde la visión femenina.

En definitiva una obra franca y poética, que deja un sabor que va desde lo amargo por la brutalidad con que describe la estupidez burocrática y a la vez un sabor dulce, pues retrata una muy interesante visión estética de la mujer y de la mujer japonesa, que ya de por sí da para cientos de páginas, lo que invariablemente nos llevará a una lectura en clave de laberinto y con un desenlace miserablemente sublime.
Alfredo Gutiérrez Fuentes
FICHA TÉCNICA
Título: Estupor y temblores
Autora: Amelie Nothomb
Editorial: Anagrama
Año: 1999; 144 páginas

jueves 5 de febrero de 2009

Meridiano de sangre


Dentro vastísimo e incombustible panorama de la narrativa estadounidense actual (pero no tanto) existen dos autores imprescindibles. El primero es Philip Roth (1933) y el segundo Cormac McCarthy (1933). Son los dos grandes novelistas vivos del país del norte. Ambos eternos candidatos al Nobel, la obra del primero ya ha sido traducido al español desde hace un buen tiempo atrás. En cambio, McCarthy hasta hace muy poco era el secreto mejor guardado de su país al menos para el mundo hispanohablante. No obstante, pese a que McCarthy hace honor al “salingeriano” estilo de no ofrecer entrevistas ni conferencias ni apariciones públicas, esto no ha impedido el reconocimiento de la crítica y del público a su sólida obra literaria. Una obra imaginativa e impresionante que nos recuerda en cada párrafo, cada línea por qué leer es un placer.


Publicada originalmente en 1985, “Meridiano de sangre”, es una obra de aquellas. Una obra maestra con todas sus letras. La novela se sitúa en la frontera entre México y los Estados Unidos, en el año 1849 y narra la sangrienta épica de una banda paramilitar bajo el mando del sádico Jhon Glanton, quienes son contratados por el gobierno mexicano para aniquilar a indios que asolan la región En un momento determinado los carniceros de Glanton pasan de asesinar indios y arrancarles la cabellera a exterminar a los mismos mexicanos que les pagaban. Empieza así la ley de la selva total.


Debo detenerme, al menos un instante, para decir que esta debe ser una de las novelas más violentas que he leído en el último tiempo. Una violencia contenida y atávica, de prosa dura, a veces áspera pero de bello lirismo, con diálogos que deslumbrarán por su precisión y fineza, y cuya sombría textura nos hará recordar las mejores páginas del “Moby Dick” de Melville, una épica lanzada hacia el “Inferno” dantesco en el sur gótico de esa perfecta novela coral llamada “Mientras agonizo” de William Faulkner.


Sin embargo, analogías a parte, uno de los principales logros de McCarthy en esta novela, es la creación de uno de los personajes más misteriosos e inquietantes de la literatura norteamericana. Hablamos del Juez Holden, maquiavélico líder espiritual de la banda de Glanton y encarnación de la guerra perpetua. El juez es un ser violento y cruel: un hombre calvo como una bola de billar, albino, sin barba, sin pestañas ni cejas. Una especie de “súper hombre” que según lo que llegaremos a saber nunca duerme, poseedor de una vasta cultura, le gusta bailar, es políglota y tocar el violín. Viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá. El otro protagonista, por quien seguimos la acción, es un joven de quince años, cuyo nombre nunca sabemos, que se unirá a la banda de mercenarios y deberá enfrentar cara a cara su destino ante ese dios arbitrario llamado Holden.


“Meridiano de sangre” puede ser leído como una novela histórica, un western “gore”, pero sobre todo como una fábula apocalíptica y feroz sobre el mal absoluto, la naturaleza humana y su destino. En definitiva, una obra para leer y releer, en cuyo centro se encuentran los temas fundamentales de todo clásico de la literatura.


Andrés Otero Rojas


FICHA TÉCNICA

Título: Meridiano de sangre (1985)

Autor: Cormac McCarthy (1933 -)

Editorial: Editorial Mondadori

Año: 2007; 347 páginas. 1º edición.

miércoles 21 de enero de 2009

200 AÑOS DE POE

Recuerdo haber sido un niño y descubrir los cuentos de Edgar Allan Poe (1809-1849), como quien descubre un cofre de misteriosos designios. También recuerdo perfectamente cual fue el primero que leí, pues me lo dieron como lectura obligatoria en el colegio. “El corazón delator” se llama, me provocó una gran impresión desde principio a fin, un vendaval sensitivo que arrasó con el mundo tal cual lo conocía hasta ese momento.


Han pasado años y años desde aquella época y he seguido leyéndolo, porque la obra Poe es ese tipo de literatura que si la lees en el momento adecuado, esa lectura convivirá contigo por mucho tiempo, como un virus que aloja en tu organismo sin que te des cuenta.. En cierta manera, creo que la inmersión en la obra de Poe funciona como un sofisticado gabinete mágico, pues de adolescentes somos cómplices y partícipes de aquel luctuoso mundo de historias extraordinarias y ya en la adultez se nos devela el geométrico arte de la prestidigitación a través de su obra ensayística. Abracadabra, Edgar lo tenía todo fríamente calculado.


Y tal revelación no nos decepciona, tal vez un sutil rubor, mas no de desengaño. Al fin y al cabo, parte importante de la narrativa moderna pasa por Poe como renovador de la novela gótica, creador del género detectivesco e iniciador de la ciencia ficción. Pero sobre todas las cosas, con Poe comienza una nueva literatura y como contrapartida feliz una nueva manera de leer. Dos caras de una misma manera que perfectamente pueden ser tres o mil, pues relatos como “La caída de la casa de Usher”, “Ligeia”, “Manuscrito hallado en una botella” , “Asesinato en la calle Morgue”; poemas como “Anabelle Lee”, “El cuervo” o aquella espeluznante novela llamada “Las aventuras de Arthur Gordon Pym”, entre muchas otras no solo han sobrevivido con el paso del tiempo, sino influido en la literatura como pocos.


Por supuesto, el arduo arte de escribir relatos ha sido reformulada una y otra vez por muchos otros que arribaron con posterioridad, como Chejov, Maupassant, Hemingway o Borges, que impusieron formas nuevas de encarar la escritura. No obstante, uno siempre volverá a Poe, a Poe antes que a otros a su obra (y sobre todo sus relatos). Porque no solo nos pone a disposición de hermosos y terroríficos artificios salidos de su atormentada alma, sino por un motivo tal vez más impúdicamente sentimental que literario: los hombres necesitamos del terror. Nadie es tan impresionable como los niños, que en la oscuridad de la noche se asustan de los ruidos , los murmullos, las sombras, hasta del mismo silencio. No, nadie se asusta más que un niño; por eso creo que los hombres necesitamos del terror para asustarnos y sentir, al menos por un instante, aquella vulnerabilidad tan propia de nuestra niñez ya irremediablemente perdida.


Andrés Otero Rojas

martes 13 de enero de 2009

LUNA CALIENTE

“Sabía que iba a pasar; lo supo en cuanto la vio”. Es el punto de inicio de una tragedia llamada “Luna Caliente”. Una historia de obsesión, sexo y perversión en el contexto de la dictadura militar en la Argentina de 1977, un país sumergido en la lucha antisubversiva, desapariciones y torturas . Ramiro Bernardez, joven prometedor recién egresado de leyes, ha regresado luego desde París a su natal pueblo de Resistencia. Una noche, bajo el febril influjo de esa perversa luna caliente, un viejo amigo de la familia, el doctor Braulio Tennembaum lo ha invitado a compartir unas copas en su casona. En aquel momento Ramiro conocerá a Araceli (hija de Braulio) una nínfula de trece años, orgullo de la familia, muchachita de ademanes precoces que hará enloquecer de deseo al joven abogado.



Cualquier reminiscencia de una Dolores Haze en Araceli desaparece a las pocas páginas, si bien, el personaje está ornamentado con parte importante de los atributos creados por Nabokov. Desaparecerá cuando, al final de la velada, Ramiro aduciendo un falso desperfecto en su vehículo logre, trémulo de oscuro deseo y obsesión, alojar en casa de los huéspedes. Sumido en la locura, Ramiro, ingresa al cuarto de Araceli para satisfacer sus deseos carnales, ejerciendo una violencia brutal e incontrolable sobre la muchacha. Al concluir, Ramiro no sabe si Araceli está inconsciente o la ha matado. ¿Huir? ¿De qué manera? De ahí en adelante, el personaje comenzará un descenso por los infiernos de la conciencia y una culpa lacerada por una nación devastada por la brutalidad de un régimen totalitario. Un cuadro de fondo acorde para este thriller dostoievskiano del cual Ramiro intentará escapar bajo la omnímoda presencia de aquella luna caliente.



Sin ser una obra maestra, Giardinelli combina con oficio y habilidad temas y técnicas literarias archiconocidas para hacer de “Luna Caliente” una nouvelle amena y a ratos muy cautivante para el lector. Tentado estoy de argumentar que el defecto principal de la obra es su simpleza narrativa, desplegada a lo largo de sus 150 páginas. Por cierto que no. En literatura la simpleza nunca será un defecto. No obstante, es esa estructura de best seller sofisticado (pero best seller al cabo) que desinfla la tensión narrativa en las últimas cincuenta páginas y resurge en un sorpresivo final abierto. Me refiero al establecimiento inmutable de recetas demasiado previstas para cualquier lector relativamente bien informado, vale decir: capítulos breves y provistos de desenlaces para engatusar ex profeso al lector, narrada de manera lineal por un omnisciente observador en oraciones cortas y bien definidas, saltos temporales esporádicos, entre otras.



Pese a estos nimios reparos de lector puntilloso, la novela funciona si se la lee, no como un subproducto de la novela negra, sino como un retrato histórico, moral y humano del horror, no solo como componente de la maquinaria ideológica, política o militar de una dictadura cualquiera, sino de la cotidiana perversión y horror residente hasta en las mejores familias.



Andrés Otero Rojas


FICHA TÉCNICA

Título: Luna Caliente (1984)

Autor: Mempo Giardinelli (1947 -)

Editorial: Ediciones B. Byblos Narrativa. Año: 2005; 156 páginas


viernes 5 de diciembre de 2008

LOS SUEÑOS DE LA RAZÓN

Podríamos afirmar con cierta certeza que uno de los grandes temas de la literatura moderna es el de las utopías y distopías. Según la RAE, el primer término se define como aquel "plan, proyecto, doctrina o sistema irrealizable en el momento de su formulación". Pero tal como Borges, me quedo con la erudita definición de Quevedo, quien parafraseando a Tomás Moro afirma que utopía es "una voz griega cuyo significado es no hay tal lugar".

Distopía (cuyo significado no está considerado en la RAE) es la otra cara de la moneda, la perversión y descomposición de lo utópico donde la realidad transcurre en sentido opuesto a los de una sociedad ideal;el desmadre mismo de las buenas intenciones , momento en que todo se va a las pailas.

Ejemplos de novelas utópicas/distópicas hay muchas. Los mas reconocidas son "1984" de Orwell, novela que a partir de sus primeras páginas nos conduce a una distopía totalitaria, una sociedad sumida bajo la mirada aterradora y omnímoda del "Gran Hermano". "Un Mundo Feliz" de Huxley es ya todo un clásico. El mundo aquí descrito podría ser también una utopía, aunque brutalmente irónica y ambigua, pues Huxley crea una sociedad donde la humanidad es saludable y avanzada tecnológicamente, aunque dividida en castas. Se han erradicado la pobreza y todo conflicto bélico, y todos son permanentemente felices. Sin embargo, la ironía es que todas estas cosas se han alcanzado tras eliminar muchas otras: la familia, la diversidad cultural, el arte, la ciencia, la religión y la filosofía. Novela fáustica por donde se le mire, y quien sabe, en una de esas Goethe es uno de los primeros escritores distópicos.

"Farenheit 451" de Ray Bradbury, es otra muestra de lo mismo, una sociedad en que los libros son prohibidos, el acto de todo pensamiento es condenado a muerte, los lectores perseguidos por esos bomberos inquisidores encargados de quemar bibliotecas y también a sus dueños si es necesario. De alguna manera, la "novela de anticipación", viene siendo un engedro ficcional de muchas cabezas, en la cual se entrecruzan la fábula satírica, la novela realista con tintes psicológicos, algunos ornamentos de la ciencia ficción y elementos históricos que subyacen a la ficción. Un engendro que refleja su imagen en un espejo que somos todos nosotros. Una realidad paralela que si bien no es, puede suceder, y que en una de esas simplemente sucede aquí y ahora. ¡Ah! y en este recuento olvido "El señor de las moscas" del inglés William Golding y por supuesto a H.G Wells con su relato "El país de los ciegos" incluido por Italo Calvino en su formidable antología de cuentos fantásticos. No les explicaré las tramas (en honor al poco espacio y a la modorra por cierto) será mejor que las busquen en wikipedia. Ni hablar de la literatura latinoamericana, caldo de cultivo para novelas distópicas, aquí aparecen "Señor Presidente", "Conversación en la catedral", "Casa de Campo" y un larguísimo etcétera. Es que la política de este lado del mundo es en esencia distópica, y no requiere de fabulitas, tan solo basta echar una tímida mirada a los periódicos.

Hijo bastardo de este razonable matrimonio son las ucronías ¿Qué es una ucronía se preguntarán ustedes? Un engendro paranoico que contempla lo que pudo ser y no fue (¿o sí?), la tercera cara de una rara moneda que nos quema la palma de la mano. De esta manera Philip Dick, escritor ucrónico por excelencia, plantea en "El hombre en el castillo" un mundo terriblemente posible, la victoria de Hitler y su predominio geopolítico en el mundo, mientras de forma clandestina circula un libro de un secreto escritor llamado Hawthorne Abdensen quien plantea un insólito mundo en que el Tercer Reich ha perdido la II Guerra Mundial, la historia tal cual la conocemos (¿o no?). otros ejemplos de ucronías son "La conjura contra América" del gran Philip Roth y la recién aparecida "El sindicato de la policía Yiddish" de Michael Chabon.

Para finalizar vuelvo al tema utopía/distopía. Noto que la literatura ha tratado desde siempre este tema. Si despojáramos de todo componente ideológico anticipatorio, nos daríamos cuenta que la historia de Madame Bovary es distópica, Alonso Quijano lo es también, los personajes de Balzac y Tolstoi. Podría seguir enumerando a medida que reviso mis anaqueles, pero ya me he dado cuenta que este artículo estaba destinado desde siempre a la distopía y no vale la pena seguir en tales disquisiciones.

Andrés Otero Rojas